martes, 13 de enero de 2015

LAS MONEDAS DE PLATA 44

Una vez acabado de cenar lo dejó todo encima de la mesa, no se espanten Rodolfo lo hacía siempre. Fue hacia una maceta de barro y cortó unas hojas de hierbabuena, se las metió en la boca masticándolas. Pretendía que su boca quedase fresca y con buen olor, tenía en mente los besos que compartiría con su enamorada.                                     
Y hacia su mansión se dirigió teniendo que andar un rato. Antes el camino lo hacía a caballo, pero un día el mal bicho se fugó con una potranca. No los volvió a ver más...
Tanto ir y venir sus botas nada le duraban. Había destrozado unas cuantas.
Caminaba... Ni rápido, ni despacio. Hacía tiempo para que el padre de ella ya roncase a su llegada.
-¡Esta noche me declaro! -ese pensamiento le provocó escalofríos una vez tenido.

-Deberé cargar con el viejo y eso no me hace gracia, pero haré de tripas corazón. De hoy no pasa porque en poco tiempo calvo me veo. No creo que Amada me quisiese sin un sólo pelo, si no me querría ni yo... (Qué tonto pensar así, ¿verdad que si? piensa la autora o sea yo)
A una distancia prudencial vio cómo Amada estaba en el balcón. Su padre estaría dormido y no dando la tabarra... 
Autora Verónica O.M.
Continuará

2 comentarios:

silvo dijo...

Muy tonto opero sucede muy a menudo pensar en que el amor es solamente algo tan superficial, besines!

Verónica O.M. dijo...

Tienes razón, por suerte no es así.
Es todavía un inmaduro pero ya irá aprendiendo.
Besos